Vimos en el artículo dedicado a la leptina que esta hormona tenía dos funciones fundamentales. Cuando las células grasas la liberan están mandando señales al cerebro para que dejemos de comer y a su vez el cerebro se encarga de activar nuestro sistema simpático para que nos movamos más. Si el hipotálamo, la parte del cerebro encargada de esas funciones y que tiene los receptores de la leptina, se vuelve resistente, esas señales no llegan adecuadamente, por lo que comemos más y nos movemos vemos. Es decir, comer más y moverse menos es consecuencia de que estemos engordando y no al revés.

Comer más y moverse menos es consecuencia de que estemos engordando. Clic para tuitear

Que esas dos variables sean modificadas por un incorrecto funcionamiento de la leptina no es más que una parte del problema. La grasa hay que almacenarla y las señales de cuanta almacenar también pueden modificarse por lo que hay otras hormonas que podrían hacernos engordar. Así que vamos a ver a la hormona encargada de que la grasa entre en nuestros adipocitos: la insulina.

¿Qué es la insulina?

Seguramente mucha gente lo único que sabe de la insulina es que es algo que se inyectan los diabéticos. Veamos qué es exactamente y qué es lo que hace comenzando por la digestión.

Cuando comemos, los alimentos se descomponen en el estómago y el intestino delgado. Las proteínas se rompen en aminoácidos. Las grasas se descomponen en ácidos grasos. Y los carbohidratos, que son cadenas de azúcares, se dividen en azúcares más pequeños.

Una vez descompuestos los alimentos en sus unidades más pequeñas son vertidas al torrente sanguíneo o al sistema linfático. La glucosa, el principal azúcar de la alimentación, pasa al torrente sanguíneo y desde allí es utilizado como energía por casi todas las células de nuestro cuerpo. Es un azúcar necesario para vivir, tanto es así que si no consumimos alimentos que tengan glucosa, el cuerpo es capaz de metabolizarla a partir de las proteínas y las grasas por un proceso conocido como gluconeogénesis.

Aunque el cuerpo necesita la glucosa, un exceso de esta no está exento de problemas, por lo cual éste intenta mantenerla en unos niveles constantes y para esta función entra en juego la insulina.

Así pues, cuando comemos el páncreas libera insulina en función de lo que comemos. Si consumimos grasas el páncreas actúa mínimamente. Con las proteínas lo hace en pequeñas cantidades, pero cuando realmente se vierte insulina al torrente sanguíneo es cuando se consumen hidratos de carbono y esa liberación es mayor cuanto mayor sea la subida de azúcar en sangre. Por regla general, los alimentos enteros o integrales suben menos el azúcar en sangre que los refinados y la insulina sube en respuesta a esas subidas de azúcar en sangre.

La insulina se encarga de mantener unos niveles estables de azúcar en sangre, por lo tanto cada vez que comemos lo primero que hará es llevar esa glucosa que «sobra» a las reservas de glucógeno (el glucógeno son moléculas formadas por largas cadenas de glucosa), una especie de almacén de glucosa que tenemos en el hígado y los músculos. Una vez llenas esas reservas el resto de glucosa la almacenará como grasa. Por lo tanto, la insulina es un regulador clave del metabolismo energético, y es una de las hormonas fundamentales que promueven la acumulación y el almacenamiento de grasa.

Cuando pasamos varias horas sin comer la glucosa en sangre empieza a disminuir ya que va siendo «gastada» por los órganos, la misión del hígado es ir echando mano de sus reservas de glucógeno e ir liberando glucosa para seguir manteniendo los niveles de azúcar en sangre. Es, por ejemplo, lo que ocurre por la noche, esto le permite al cuerpo mantener esos niveles más o menos constantes, incluso aunque falte alimento.

Este proceso sucede todos los días. Normalmente, este sistema bien diseñado y equilibrado se mantiene bajo control. Comemos, la insulina aumenta y almacenamos energía en forma de glucógeno y grasa. Ayunamos, la insulina baja y usamos nuestra energía almacenada. Mientras nuestros períodos de alimentación y ayuno estén equilibrados, este sistema también permanece equilibrado.

¿Adelgazamos con poca insulina?

Sabiendo eso podemos pensar que tener poca insulina haría que no engordásemos. Así es. Es lo que les ocurre a las personas que sufren de diabetes tipo 1. Dicha patología es una enfermedad autoinmune en la que el propio cuerpo ataca a las células del páncreas encargadas de generar la insulina. El cuerpo de esos individuos es incapaz de generar insulina por lo que no existe forma de llevar la glucosa a los adipocitos. Es por ello que deben inyectarse insulina en cada comida para que su cuerpo realice las funciones normales.

Sabiendo que al no tener insulina adelgazan, algunas personas con diabetes tipo 1 desarrollan una patología conocida como diabulimia. Consiste en saltarse algunas dosis de insulina, de esa forma logran adelgazar ya que parte de la glucosa en vez de almacenarse es expulsada por la orina.

¿Engordamos con mucha insulina?

Hemos visto que sin insulina adelgazamos por lo que surge la siguiente pregunta ¿Son los niveles altos de insulina los culpables de que engordemos? La respuesta vuelve a ser sí. Es algo que se ha visto en los estudios que comparan personas delgadas y obesas. Las obesas tienen niveles de insulina mayores que las delgadas (estudio). Además esos niveles se mantienen altos durante más tiempo. En las personas delgadas baja mucho más rápido.

Los niveles de insulina son hasta un 20% mayores en individuos obesos (estudio) y además esos niveles altos están fuertemente correlacionados con índices como el de la circunferencia de la cintura o el ratio entre cintura y cadera.

En este estudio se encontró que aquellos que tenían alta la insulina en ayunas aumentaron de peso en los ocho años que duró.

Se ve que los resultados son consistentes, pero no solo en estudios. Hay una serie de medicamentos cuyo efecto secundario es una elevación de insulina, por ejemplo tenemos las sulfonilureas, su consumo está asociado con el aumento de peso (estudio) lo mismo que la olanzapina (estudio) o la gabapentina (estudio).

Por el contrario los que bajan la insulina o mejoran la respuesta en los músculos a ésta bajan el peso, ocurre con las tiazolidinedionas, los inhibidores de la alfa-glucosidasa (estudio) o los inhibidores de SGLT-2 (estudio).

Hay un medicamento para diabéticos, la metformina, tiene un efecto neutro en la insulina y en los estudios no se encuentra relación ni con la subida, ni con la pérdida de peso por lo que en ocasiones es usado como medicamento de control sus efectos, así vemos que los tratados con sulfonilureas engordan y los tratados con metformina no (estudio, estudio)

Se ve pues que la insulina nos hace engordar. Los medicamentos que la suben hace que engordemos, los que la bajan hacen que adelgacemos. Así pues, no es de extrañar que este estudio diga que un 75% de la respuesta a la pérdida de peso se puede predecir con los niveles de insulina y los marcadores de inflamación. No tiene nada que ver la fuerza de voluntad, ni las cantidades que consumimos o el ejercicio. Es solamente la insulina la que nos hace engordar, si la tenemos alta engordamos.

Da igual que tomemos medidas para adelgazar como disminuir la ingesta calórica o hacer ejercicio. Si seguimos teniendo la insulina alta, ésta seguirá haciendo su trabajo, almacenar grasa en nuestros adipocitos.

Las hormonas son fundamentales para entender la obesidad. Todo lo relacionado con el metabolismo humano, incluido el peso corporal, está regulado hormonalmente. Una variable fisiológica crítica, como la grasa almacenada, no se deja al margen de la ingesta calórica diaria y el ejercicio. En cambio, las hormonas regulan de forma precisa y ajustada la grasa corporal. No controlamos conscientemente el peso de nuestro cuerpo más de lo que controlamos nuestros ritmos cardíacos, nuestra temperatura corporal o nuestra respiración. Todos estos son regulados automáticamente, y también lo está nuestro peso. Ya vimos al hablar de la leptina que ésta puede modificar nuestros hábitos, es la propia hormona la que nos hace comer más y movernos menos modificando nuestra sensación de saciedad, además de la energía que tenemos disponible.

Pero hay otras hormonas que nos controlan, las hay que nos dictan que tenemos hambre (grelina). Otras nos dicen que estamos llenos (péptido YY, colecistoquinina). Otras son encargadas de aumentar el gasto energético (adrenalina). Y otras pueden detenerlo (hormona tiroidea). La obesidad es una desregulación hormonal de la acumulación de grasa.

Resumiendo

Se ve claramente que hay un culpable claro de que almacenemos grasa, la insulina, la forma en que causa esta obesidad es poco relevante, lo realmente importante es saber que la insulina es la causante.

Por lo tanto la respuesta no es equilibrar las calorías; La respuesta es equilibrar nuestras hormonas. La respuesta a solucionar la obesidad no pasa por reducir lo que consumimos y aumentar lo que gastamos (comer menos y moverse más); La respuesta es eliminar aquello que desregula nuestras hormonas. Existen dos hormonas clave que debemos equilibrar, la leptina y la insulina; que como veremos en artículos posteriores están íntimamente relacionadas.

Queda claro que para frenar la obesidad debemos centrarnos en disminuir los niveles de insulina. En artículos posteriores veremos las razones que existen para que aumenten los niveles de insulina.

¿Por qué engordamos? ▷ Insulina
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