Este año acabamos de sufrir una ola de calor. Varios países europeos han estado en alerta roja, entre ellos España y Francia. Pero dicha ola palidece a la que se sufrió en 2003, hubo temperaturas récord que igualaron las de 1540, dejando 70.000 muertos.

En 1995, en la ciudad de Chicago, también sufrieron una ola de calor. Las temperaturas no fueron tan altas, hubo máximas de 41ºC, pero las condiciones ambientales hicieron que la sensación térmica fuese de 52ºC. Un conocido sociólogo estadounidense, Eric Klinenberg , escribió un libro (Heat Wave: A Social Autopsy of Disaster in Chicago). En él explica que las carreteras se doblaban por el calor, que los puentes levadizos tenían que ser rociados con una manguera para que cerrasen correctamente; Esto llevó a enormes atascos de tráfico. La ciudad incluso tuvo que regar los autobuses escolares para refrigerarlos y se proporcionó agua embotellada a los niños en un intento de enfriarlos. Se registraron más de 700 muertes relacionadas con el calor en tan solo 5 días.

La mayoría de las víctimas, tanto en Chicago como en otras olas de calor son personas mayores. Klinenberg señala que probablemente se debe a que están más aislados y son menos propensos a abrir sus ventanas por temor al crimen, incluso aunque no tengan aire acondicionado. ¿Pero, qué hace que el calor sea tan peligroso para los ancianos?

Tal como indica este informe que la Organización Mundial de la Salud Europa elaboró un año después de la ola de calor de 2013:

«Mientras la transpiración sea continua, las personas pueden soportar temperaturas notablemente altas, siempre que se reemplacen el agua y el cloruro de sodio, los componentes fisiológicos más importantes del sudor».

Si se está sudando cuando hace mucho calor, los sistemas de conservación de sodio son muy importantes para evitar que se pierdan cantidades peligrosas de ese mineral. Sin embargo, estos sistemas no son tan eficientes en personas ancianas. Es lo que nos dice este artículo de la revista médica QJM:

«Los sujetos mayores tienen «disminución de la conservación tubular renal de sodio y agua durante los períodos de deshidratación»

O dicho de otra forma, las personas mayores, en general, tienen más dificultades en retener la sal y son más propensos a sufrir hiponatremia (baja cantidad de sodio en sangre). La hiponatremia está relacionada con las fracturas óseas, con la rabdomiólisis o un mayor riesgo de muerte. Según las estadísticas de EEUU los pacientes de residencias de ancianos tienen un riesgo de un 43% mayor de ser hospitalizado por hiponatremia que aquellos que viven en su hogar. Por supuesto, la alimentación de esas residencias es baja en sodio por ser «saludable para el corazón».

Ya vimos en el artículo anterior que según las tendencias de consumo no existe una relación clara entre la hipertensión y el consumo de sodio y que incluso podría ser más peligroso limitarse el consumo de sal que consumirla en exceso.

Sistema hormonal

El sodio es un componente clave en la capacidad de nuestras células para funcionar en general. Sin sodio, las neuronas no se activarán, los músculos no se contraerán y varios procesos importantes no pueden ocurrir.

Si nuestro cuerpo detecta bajos niveles de sodio activará todas las alarmas y pondrá a trabajar todos sus sistemas para retenerlo. Tenemos un sistema encargado de esto conocido como sistema renina-angiotensina-aldosterona o RAAS. Este sistema hormonal se encarga de mantener la presión arterial y los niveles de sodio y potasio en nuestro cuerpo.

La aldosterona, una de las hormonas implicadas, es la encargada de conservar los niveles de sodio. Lo hace tanto a nivel del riñón como de las glándulas sudoríparas, las salivares o el colon. Sin embargo, si dicha hormona la mantenemos elevada durante mucho tiempo no es algo deseable. Si constantemente está alta se asocia con un aumento de la inflamación (estudio), con la enfermedad renal crónica, con la osteoporosis (estudio) y con enfermedades cardiovasculares (estudio). Está implicada en el estrés oxidativo (estudio, estudio) y la fibrosis miocárdica (estudio) (un engrosamiento anormal de las válvulas cardíacas).

Pero además otra consecuencia de la activación del sistema RAA es la subida de la presión arterial. Es un mecanismo conocido y existe un medicamento común que se receta a ciertos pacientes con la tensión alta. El medicamento se conoce como Inhibidor de la enzima convertidora de angiotensina. El fármaco logra disminuir dicha enzima. logrando que disminuya la cantidad de aldosterona y con ello se baja la presión arterial.

Como muestra este estudio, una dieta baja en sal aumenta la aldosterona en más de 3 veces en personas sanas. Este otro muestra que cuando la ingesta de sal cae por debajo de 1,5 cucharaditas por día, se produce un aumento significativo de renina y aldosterona.

Es decir, la OMS nos recomienda disminuir la ingesta de sal por debajo de los 2.000 mg de sodio, lo que representa menos de una cucharadita de sal. Por lo que si sigues las pautas de la OMS lo que estás haciendo es elevar crónicamente los niveles de aldosterona y la consecuencia podría ser un aumento de la presión arterial, precisamente lo que se quería evitar.

¿Qué ocurre en el caso contrario, si consumimos un exceso de sal? En el artículo anterior ya vimos que salvo que consumiésemos cantidades enormes de sal de golpe el cuerpo era capaz de eliminar grandes cantidades de sodio por la orina.

Para que eso ocurra tenemos un grupo de hormonas llamadas natriuréticas (es decir, que orinan sodio). Uno de los libros de referencia en nefrología: «The kidney» nos dice que existen 9 hormonas natriuréticas y que estas no solo se encargan de eliminar el sodio sino que además tienen efectos terapéuticos que van desde mejorar la función renal y cardíaca hasta prevenir el crecimiento de cánceres (estudio, estudio, estudio, estudio).

Una de estas hormonas, llamada péptido natriurético auricular, parece promover la salud de los vasos sanguíneos. De hecho, el potencial terapéutico de este péptido es lo suficientemente significativo que ha sido aprobado en Japón para tratar a pacientes con insuficiencia cardíaca. Así mismo, se está estudiando su posible utilización para casos de insuficiencia renal.

Estos datos nos demuestran que existe una incongruencia en las recomendaciones de la OMS. Por un lado nos insta a reducir el sodio. Pero haciendo esto aumentamos las hormonas del sistema RAA, hormonas que no es recomendable tener elevadas de manera continua, y a su vez disminuimos las hormonas natriuréticas, hormonas que parecen tener un carácter terapéutico. ¿No será mejor mantener los niveles de sodio actuales y buscar otros posibles culpables de la presión arterial alta? Y en caso de necesitar medicación, ¿No será mejor solución elevar el consumo de sal que tomar inhibidores de la enzima convertidora de la angiotensina o péptidos natriuréticos?

¿Sabe nuestro cuerpo «aconsejarnos» la sal que debemos consumir?

Pero que quizás elevar el consumo de sal pueda ser una solución y no el problema no significa que haya que elevar su consumo indiscriminadamente. Como se vio en el anterior artículo el consumo ideal parece estar en los 11 g, una cantidad muy cercana a lo que se ingiere cuando la gente no restringe voluntariamente su consumo. Es una cantidad que se debe aumentar si se hace mucho ejercicio, si se suda mucho, si se consume mucho café o si se sigue una dieta baja en hidratos de carbono.

Como se vio en la conclusión del artículo anterior nuestro propio gusto es buen indicador de la sal que deberíamos consumir, ahora bien, esto puede resultar extraño si vemos que muchas veces nuestro cuerpo nos hace desear cosas que no son recomendables como las drogas, el alcohol o el azúcar. Son sustancias innecesarias para la vida y cuya ingesta óptima es cero.

Pero esas sustancias poseen una diferencia significativa con la sal o cualquier otro nutriente, tienen lo que se conoce como un sistema de retroalimentación positiva. Es decir, cuanto más las consumas más las deseas. Sin embargo la sal es un sistema de retroalimentación negativa: el deseo de sal disminuye a medida que aumenta el contenido de sodio del cuerpo. Esta es la razón por la que, al observar las tendencias de consumo, la sal se ha mantenido estable durante los últimos 50 años y el azúcar de mesa, con cada vez más evidencias de su efecto adictivo, sigue aumentando. La única razón por la que el consumo de sal fue mucho mayor históricamente es porque está había sido usada para la conservación de alimentos, siendo la técnica más efectiva en ese momento.

Casi todas las sociedades que tienen libre acceso a la sal se mantienen en un rango constante de consumo de sodio que va de los 3.000 mg a los 4.000 mg por lo que parece ser que nuestro cuerpo nos insta a consumir sal en función de nuestras necesidades. Es algo que hace notar este documento, según se desprende de sus datos las mujeres embarazadas desarrollan un mayor deseo de sal:

«Los datos sugieren que se puede desarrollar un mecanismo fisiológico para aumentar el consumo de sal durante el embarazo»

Cita incluso un caso de una mujer embarazada que hizo un recuento de los arenques salados que consumió durante el embarazo y llegó a la no desdeñable cantidad de 1.400.

Este otro estudio, de más de dos mil mujeres embarazadas, encontró que las mujeres con una dieta baja en sal en comparación con una dieta alta en sal, causaron más abortos involuntarios, bebés prematuros, mortinatos, edema y preeclampsia.

Y este otro nos dice que:

«… la falta de suministro (de sodio suficiente para los bebés) puede predisponer a un mal desarrollo neurológico en la segunda década de la vida»

Es decir, la sal es de vital importancia para los fetos y los niños porque se requiere para un crecimiento óptimo. sin embargo, la guía de la OMS indica específicamente que las recomendaciones bajas en sal se aplican a todas las personas, incluidas las mujeres embarazadas o en período de lactancia.

Si la sal no es el problema ¿Por que hay mayores tasas de hipertensión?

Hemos visto que la falta de sodio estresa el cuerpo y vamos a hacer trabajar más a nuestros riñones para mantener unos niveles constantes. Pero el sodio no es el único mineral implicado en la presión arterial, existe otro, el potasio, que también interviene, y es necesario un equilibrio entre ambos para lograr que el cuerpo funcione adecuadamente.

Uno de los grandes argumentos que se han usado para recomendar el consumo bajo de sal es Japón y en concreto el consumo de sal en la prefectura de Akita. Tal y como dice el Dr DiNicolantonio en su libro «The salt fix«:

«Se sabía que los japoneses comían mucha sal, y aunque en general tenían tasas bajas de enfermedad cardíaca, tenían una alta tasa de enfermedades cardiovasculares, como apoplejía e hipertensión».

La prefectura de Akita hizo que la sal se convirtiese en el principal sospechoso. A pesar de que los investigadores señalaron otros factores no relacionados con la sal, como las «deficiencias en la vida alimentaria», la deficiencia de vitamina C y la presencia de cadmio en los intestinos de los peces de río ampliamente consumidos. Son datos que no se tuvieron en cuenta.

Pero si miramos a la prefectura de Aomori. Las tasas de accidentes cerebrovasculares son sorprendentes comparada con su vecina Akita. Si tenemos en cuenta que el consumo de sal también es muy alto, no concuerda que los accidentes cerebrovasculares sean la mitad. No solo eso, la presión arterial promedio de Aomori está en parámetros normales (131.4 / 78.6). ¿Cómo es eso posible?

La solución parece darla este documento. Naosuke Sasaki encontró que la ingesta habitual de manzanas hacía disminuir la presión arterial. Se dividió a los sujetos en aquellos que consumían ninguna, uno o dos, o tres manzanas diarias y se vio que cuantas más manzanas se consumían más disminuía la presión arterial. Las manzanas son una buena fuente de potasio y eran muy consumidas en en la prefectura de Aomori. Así que seguramente los ingleses tengan algo de razón en su refrán: «An Apple a day keeps the doctor away» (Una manzana al día, mantiene al médico en la lejanía).

Es lo mismo que ocurre en este estudio. Se observó un efecto similar en vegetarianos adventistas del séptimo día, omnívoros adventistas del séptimo día y omnívoros mormones. La ingesta diaria de sodio en estos grupos fue de entre 3.500 y 3.700 miligramos, similar a lo que consume la persona promedio en los Estados Unidos. Sin embargo, la presión arterial promedio en los tres grupos era totalmente normal. Es importante destacar que el consumo de potasio fue de entre 3.000 y 3.600 miligramos por día (casi el doble que el consumo promedio de potasio en los Estados Unidos).

En el artículo anterior ya vimos que los coreanos a pesar de su alto consumo de sal tienen las menores tasas de ataques al corazón. En el mismo estudio se puede ver que el cuartil que consumía más sodio era también el que menos presión arterial tenía, pero otra cosa que se vio es que aquellos que aumentaban su ingesta de sodio también lo hacían con la ingesta de potasio. Seguramente porque la mayoría del sodio que consumen viene de vegetales como el kimchi que es también rico en potasio. Dichos datos nos llevan a plantearnos ¿Mejora la salud por el aumento de sodio o es debido al aumento de potasio? ¿O es el aumento de ambos el que produjo un efecto sinérgico?

Además este metaanálisis, que analiza 22 estudios, también hace notar la importancia de tomar potasio para bajar la hipertensión y reducir los eventos cardiovasculares, siendo más efectivo consumir más potasio que reducir el sodio.

Lo que todos estos datos arrojan es que parece ser que la mejor estrategia es aumentar la ingesta de potasio y no restringir la de sodio. Por lo que sería recomendable aumentar el consumo de verduras o setas, eso sí, mejor si le añadimos sal para hacerlas más apetecibles.

Resumiendo

En el artículo anterior ya dijimos que los estudios que se centraban en la sal eran contradictorios, había cientos que decían que subían la tensión y otros tantos que decían que no tenían influencia o incluso que la bajaban. En este otro se puede ver que quizás la razón de esas contradicciones es que el sodio no es el culpable.

Si que es cierto que hay ciertas personas que son hiperrespondedoras al sodio y que tienen un problema real, si consumen mucho sodio se les eleva la presión arterial, pero el resto de la población general adecua su consumo a sus necesidades y si consume de más la elimina sin problemas.

Las razones de esa subida de tensión quizás haya que buscarlas en otros elementos. Aquí hemos visto que una deficiencia de potasio parece tener más importancia que el sodio, es quizás una de las razones por la que se contradicen los estudios. Si un estudio mide el sodio consumido sin tener en cuenta el potasio los resultados variarán de persona a persona en función del resto de su dieta.

No solo eso, si limitamos conscientemente nuestro consumo de sal podemos estar forzando a nuestro cuerpo a retener el poco sodio que consumimos. Esto tiene dos consecuencias, la primera es un trabajo extra para nuestros riñones, la segunda es un nivel elevado y continuo de hormonas como la renina y la aldosterona. Según los datos disponibles son hormonas que no convienen tener elevadas de continuo. Por el contrario bajan las hormonas natriuréticas, hormonas interesantes por su valor terapéutico.

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